Por Francisco Cubillo

El objetivo central del Acuerdo de París, firmado por prácticamente todas las naciones del mundo, es restringir el impacto de las emisiones de dióxido de carbono a 1.5 grados centígrados sobre los temperaturas preindustriales lo más pronto posible. En el pasado, sólo la crisis de 2008 había causado una disminución considerable de las emisiones, algo que no cambiaría hasta que la actual pandemia global de Covid-19 ocasionara lo que se proyecta será un decrecimiento de 8% en los niveles de emisión de CO2 para 2020, seis veces más grande que la caída de la última crisis.

La baja global en la demanda de petróleo es tan profunda que los futures oro negro se están cotizando en negativo en varios mercados. y por ahora el almacenamiento de los barriles es muchísimo más caro que el crudo que contienen. El confinamiento ha sido efectivo y el decrecimiento económico que ha provocado se aproxima bastante a la magnitud de las acciones que deberían ser tomadas para evitar un escenario extremo de cambio climático, mostrándonos que tomar acciones es posible aunque definitivamente la actual no es la manera mas pragmática de lograrlo.

Si la humanidad, sus representantes políticos y las mayores corporaciones se lo proponen, el mundo puede experimentar un proceso de contención de emisiones al mismo tiempo que manteniendo el empleo pleno, tomando la ruta correcta para atacar de manera directa el cambio climático. Durante décadas, en el sector ambientalista se ha planteado la teoría del decrecimiento, proponiendo una disminución del consumo de bienes y energía para lograr un equilibrio entre la civilización y su planeta, liberando al sur global de los paradigmas de desarrollo y consumo occidentales.

Hoy podemos ver que una estrategia que se asimile a el discurso ambientalista es posible, y podría funcionar para atacar las peores consecuencias del cambio climático de ser implementada por los países del G20. Definitivamente deberá estar mejor planeada, tomando como ejemplo los confinamientos de Costa Rica y Corea del Sur para alejarse lo más posible de la catástrofe estadounidense, la catástrofe europea, y sus consecuencias.

¿Decimaría esto la economía y sociedad de manera catastrófica? En la economía más grande del mundo occidental, las políticas en el marco de la pandemia han tenido una feroz oposición y las consecuencias económicas de la crisis sanitaria superan la escala de las vistas en la Gran Depresión. Con un sistema económico global que depende de la producción en masa para mantener la escala de la agricultura industrial y de altos niveles de producción para comprar esa comida, un traslape en la producción se puede traducir en hambrunas que afecten a cientos de millones.

Un camino verde

El argumento más popular entre la progesía es el «Keynesianismo verde», que plantea un estímulo económico con la intención de mover el consumo global de energías basadas en carbón a métodos renovables.

Según el economista J.W. Mason, del Roosevelt Institute, aún antes de la pandemia la economía global estaba operando claramente por debajo de su capacidad, para situarse ahora en una depresión. Una vez que termine la pandemia, un nuevo pacto verde podría poner a la economía a funcionar a máxima capacidad, reemplazando los factores contaminantes de toda la cadena de producción por métodos libres de emisiones en todos los países del mundo.

Si el mundo actúa a tiempo la deforestación será reemplazada por incentivos para renovar los bosques, el carbón y la energía natural darán paso a las fuentes de energía renovables, el combustible a base de petróleo caerá en la obsolencia ante la electricidad y el hidrógeno, el calor extremo será producido con fundidoras solares y las granjas mejorarán su impacto con mejoras en el manejo de tierras y prácticas de producción animal, sobre todo reduciendo la producción de carne, que es horriblemente ineficiente y una de las mayores fuentes de emisiones.

Un plan global de tal magnitud requerirá de subsidios substanciales de parte del G20 a los países en desarrollo, además de romper la hegemonía política de la clase capitalista, que saca inmenso provecho de la economía sucia y lleva casi un siglo bloqueando cualquier modelo de desarrollo económico amigable con el ambiente. A pesar de que el Keynesianismo verde también requerirá contaminar, no lo haría en la misma escala y podría ser reducido mediante incrementos en la eficiencia tecnológica y el reciclaje de materiales.

La ventaja política de un pacto verde habla por si sola: mejores trabajos e ingresos manteniendo el empleo pleno, en vez de absorber las pérdidas humanas, sociales y económicas que implicaría reversar los últimos 250 años de desarrollo humano. El decrecimiento es buena idea sólo cuando se aplica con un método que permita seguir desarrollando la alta tecnología y creando nueva riqueza que nos permita sobrevivir a un mundo cada vez más extremo.

Lo cierto es que el capitalismo global que impera en la sociedad moderna nos está llevando de la mano al desastre, y algunos de los países que hace un año eran paraísos individualistas son ahora escenarios distópicos. Si no hacemos algo para combatir las consecuencias de la codicia capitalista y el cambio climático podríamos ver un colapso caótico como el de europa occidental tras la caída del imperio romano.

La pandemia nos presenta una oportunidad para demostrar la necesidad de destruir la economía para decimar el cambio climático, si no de probar que la humanidad y sus sistemas democráticos son capaces de actuar en escala global para reformar nuestra producción y procurar el bien común.

En el mejor espíritu socialista, la manera de lidiar con la injusticia y devastación producidas por el «capitalismo sucio» no es abandonar la producción y la riqueza, si no encausarla hacia el beneficio de todos con un marco de sostenibilidad ecológica. En nuestro contexto, lo único necesario es la voluntad de acelerar la coyuntura que ya estamos experimentando.